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Sociedades de correspondencia 2 (Inglaterra)

El impulso Jacobino radical de la Inglaterra del XVIII dio comienzo en en torno a 1792, de Sociedades reformistas de carácter popular. La más característica, aunque no la primera en aparecer, fue la Sociedad de Correspondencia de Londres ("London Corresponding Society"), creada en enero de 1792 para impulsar la reforma parlamentaria y dirigida por un zapatero de origen escocés, Thomas Hardy, que llegó a contar en 1795 con unos 3.000 miembros activos, sujetos a una pequeña cuota semanal y organizados en secciones, y fue el centro de una red de correspondencia con sociedades similares establecidas en numerosas ciudades (como técnicamente era ilegal formar una sociedad nacional, la correspondencia era el subterfugio que permitió mantener una red de sociedades por todo el país. La composición de estas sociedades era básicamente artesana, con menor representación de capas medias y de trabajadores no cualificados, sus objetivos se centraban en la consecución de la reforma --que en su caso significaba la implantación del sufragio universal masculino y el parlamento anual-- y los medios empleados eran pacíficos: propaganda, peticiones al Parlamento, reunión de una Asamblea nacional. Cuando la negativa gubernamental a atender sus reivindicaciones y la política represiva que se abatió sobre ellas --y que comportó el juicio, y posterior absolución, de Hardy y otros líderes populares-- puso de manifiesto la imposibilidad de conseguir pacíficamente la reforma, se produjo una cierta radicalización del movimiento, que encontró también en la carestía de 1795 y en el reclutamiento de soldados un contexto propicio para su difusión más allá de los sectores artesanales: la segunda mitad de 1795 contempló la celebración de diversos mítines y movilizaciones multitudinarias, alguna de las cuales llegó a alcanzar las 200.000 personas.

La aparición de sociedades de composición popular no era sino la muestra más visible de la efervescencia política radical de aquellos años, que también se manifestaba en la existencia de periódicos y folletos y clubs de debate. Estos últimos, ubicados en locales públicos, a diferencia de los más selectos centros privados, acogían una audiencia popular y permitían un debate espontáneo sobre temas que, en la década de 1790, adquirieron un claro tono político. Tan sólo en Londres existieron en todo momento entre dos y cuatro de tales sociedades, que se anunciaban en la prensa y que congregaban a cada una de sus sesiones entre 200 y 600 personas, que a cambio del pago de una módica entrada tenían derecho a intervenir en la discusión.

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